9 de agosto de 2012

Obsolescencia programada (IV)

Salí rápido del hospital de idealistas terminales. Y tú fuiste casi tan rápida como yo en tirarme la caña, así, como si nada. Yo, que más que atún me veía holograma de boquerón, me pregunté qué demonios te pasaba en el cerebro, si es que alguna vez lo habías tenido. Te echo de menos. Que me echabas de menos. Abstrayendo tus palabras algo de razón tenías. Me echabas. Menos. Eso era yo.

Te di la razón como a los locos, quise ser pragmático y me rompí en tu lecho de madrugada, pero no, esta vez no me até ninguna mierda explosiva a ninguna parte de mi cuerpo porque no quería, porque te veía venir y porque tampoco tenía demasiado cuerpo como para atarme cualquier cosa. Y en cuanto a lo de pasear, paseamos básicamente por mi cama, salvo dos o tres días.

Eso debió de molestarte mucho. Eso de no poder juguetear con el botón rojo de un detonador te puso de muy mal humor, te puso muy tú. Fuiste a por todas, ya lo creo que sí. Tenías tal cabreo que sacaste todo tu repertorio de maldades y sartas de engaños. Y entonces, la noche que me pusiste la puntilla en forma de cuerno, fue la definitiva.

***

Una vez me hablaste de la obsolescencia programada y comprendí. Se nos quedó obsoleto el amor. Lo programaste tú. O quizá fui yo.

 obsoleto

2 de agosto de 2012

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